De Mérida al Orinoco: cómo el clima extremo redefine nuestro mundo
Nuestro planeta experimenta alteraciones climáticas sin precedentes, manifestándose en fenómenos de clima extremo cada vez más severos. Olas de calor intensas han golpeado seriamente a Europa y el este de Estados Unidos. Ciudades icónicas como Madrid, Lisboa, Roma, Atenas y Nueva York han sufrido temperaturas récord, generando alarmas de salud pública y sobrecargas en sus infraestructuras eléctricas. El asfalto se ha fundido en algunas carreteras y los hospitales han reportado aumento en casos de golpes de calor, evidenciando la vulnerabilidad de las poblaciones urbanas ante estos picos térmicos.
Mientras tanto, la otra cara de la moneda del clima extremo se manifiesta en lluvias torrenciales que causan estragos en otras regiones. Texas y Nuevo México, en Estados Unidos, han afrontado inundaciones históricas. Ríos desbordados y represas al límite han provocado miles de hogares afectados y la necesidad de evacuaciones masivas, con el consecuente daño material y emocional para sus habitantes.
La capacidad de respuesta de los servicios de emergencia se ve constantemente puesta a prueba ante la magnitud inusitada de estos eventos meteorológicos.
Venezuela: testigo de un clima extremo impredecible
En Venezuela, las lluvias son cada vez más intensas y erráticas, patrón que se ha acentuado notablemente en los últimos años y ha dejado profunda huella de clima extremo.
Mérida, estado andino particularmente vulnerable por su geografía montañosa, sufre inundaciones y deslaves recurrentes. Las comunidades, muchas de ellas asentadas en laderas y cerca de cauces de ríos y quebradas, viven en riesgo constante, con infraestructuras viales colapsadas y viviendas destruidas por la fuerza del agua y la tierra. El acceso a servicios básicos como el agua potable y la electricidad se ve interrumpido por días, complicando aún más la situación para los habitantes.
Un símbolo doloroso y contundente de este clima extremo es la desaparición oficial del glaciar La Corona, también conocido como glaciar de Humboldt. Ubicado en el majestuoso pico Humboldt de la Sierra Nevada de Mérida, este cuerpo de hielo era el último vestigio glacial en Venezuela. Su extinción, confirmada en mayo de 2024, no solo es un hecho geográfico, sino un hito triste en la lucha contra el calentamiento global. Venezuela se ha convertido así en el primer país de la era moderna en perder la totalidad de sus glaciares, lo cual sirve como advertencia sombría y urgente para el resto del mundo sobre la velocidad del derretimiento global.
Antes de su desaparición hubo incluso un intento de cubrirlo con un manto geotextil para ralentizar su derretimiento, medida desesperada que lamentablemente no pudo revertir el proceso.
Además de Mérida, otros estados venezolanos también han padecido lluvias feroces, con reportes de desbordamientos de ríos y caños, anegando vastas zonas urbanas y rurales.
En el sur del país, los estados Bolívar y Amazonas han declarado emergencia debido al alarmante aumento del caudal del río Orinoco. Las intensas precipitaciones en la cuenca del río han provocado que este supere niveles históricos, causando desbordamientos masivos que afectan a comunidades ribereñas, pueblos indígenas y la fauna local, con miles de personas desplazadas y pérdidas materiales incalculables. El sistema de drenaje, a menudo obsoleto o insuficiente, no logra manejar el volumen de agua, lo que resulta en inundaciones que ponen en peligro la infraestructura crítica y, lo más importante, las vidas y los bienes de sus habitantes.
¿Por qué la tierra se calienta y desborda?
La causa principal y subyacente de estas alteraciones drásticas es el calentamiento global, impulsado en gran medida por la actividad humana. Desde la Revolución Industrial, la quema masiva de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural) para generar energía, impulsar el transporte y sostener la industria, ha liberado cantidades sin precedentes de gases de efecto invernadero (principalmente dióxido de carbono y metano) a la atmósfera terrestre.
Estos gases actúan como manta invisible. Permiten que la energía solar entre a la Tierra, pero impiden que el exceso de calor escape al espacio, fenómeno natural que se ha intensificado artificialmente. El resultado es aumento sostenido de la temperatura promedio del planeta. Esta energía adicional en el sistema climático se manifiesta de forma errática: una atmósfera más caliente no solo eleva las temperaturas extremas, sino que también tiene mayor capacidad para retener humedad.
Por ello, las lluvias se vuelven más intensas y destructivas. Cuando las condiciones son propicias, esa humedad extra se condensa y se libera en forma de aguaceros torrenciales que en poco tiempo causan inundaciones repentinas y deslaves. Es una energía desatada, un desequilibrio que nuestro sistema planetario lucha por contener, resultando en patrones de clima extremo impredecibles y a menudo catastróficos que afectan todos los rincones del globo.
La hora de actuar: mitigar el impacto y construir resiliencia
Frente a esta realidad ineludible y los crecientes impactos del clima extremo, la acción es impostergable y debe ser global y coordinada. Urge una transición energética global radical y acelerada. Debemos abandonar progresivamente nuestra dependencia de los combustibles fósiles, que son la principal fuente de gases de efecto invernadero.
Es crucial invertir masivamente en energías renovables, como la solar, la eólica, la hidroeléctrica y la geotérmica. Estas fuentes de energía limpia no solo reducen las emisiones, sino que también ofrecen mayor seguridad energética y oportunidades económicas.
Simultáneamente, es fundamental fomentar la reforestación y proteger nuestros bosques. Los bosques actúan como los sumideros de carbono naturales más eficientes del planeta; absorben dióxido de carbono de la atmósfera y ayudan a regular los ciclos del agua y la temperatura.
La deforestación, especialmente para la expansión agrícola y ganadera, debe detenerse y revertirse con programas ambiciosos de siembra de árboles y conservación de ecosistemas vitales como manglares y humedales.
También debemos adoptar prácticas de agricultura y ganadería sostenibles. La producción de alimentos contribuye significativamente a las emisiones de gases de efecto invernadero. Es necesario reducir la deforestación para pastos, optimizar el uso del agua y los fertilizantes, y buscar métodos que disminuyan las emisiones de metano del ganado, explorando dietas y manejos más eficientes.
La soberanía alimentaria debe ir de la mano con la sostenibilidad ambiental para garantizar un futuro resiliente.
En nuestras comunidades debemos enfocarnos en construir resiliencia frente a los impactos inevitables del cambio climático. Esto implica mejorar los sistemas de drenaje urbano, implementar planificación urbana inteligente que evite construcciones en zonas de alto riesgo de inundación o deslave, y desarrollar sistemas de alerta temprana eficientes que permitan la evacuación oportuna. Prepararnos adecuadamente para eventos extremos, desde olas de calor prolongadas hasta inundaciones repentinas, salvará vidas y protegerá medios de subsistencia.
A nivel individual, nuestras acciones también cuentan y son cruciales para el cambio colectivo. Apostar por el transporte público y eléctrico, reducir el uso de vehículos individuales, y optar por caminar o usar bicicletas son opciones que, sumadas, generan impacto positivo en la reducción de la huella de carbono.
La educación ambiental es fundamental para lograr un cambio de paradigma; sensibilizar a todos los ciudadanos sobre la urgencia climática y empoderarlos para tomar decisiones informadas y sostenibles en su día a día es clave. Cada acción, por pequeña que sea, suma significativamente a la solución global.
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